
Se nos quedan los horarios metidos en la sangre y la memoria. Estos días previos a las vacaciones los paso apurando trabajos (para poder hacer las maletas sin labores pendientes, que pesan más que las toallas), quedando con amigos que se despiden, rematando deberes que me impuse en primavera y perdiendo el tiempo. Todo junto. Una bomba.
Pero me llama la atención (la mía propia) la forma que toman a veces las nostalgias. Después de diez días fantásticos (ellos sí) en Galicia junto a mi querida cantaruxa y su restaurante, Xantar da Ría, no es sólo que eche de menos la brisa fría del mar, que sí, no sólo las historias de vecinos y panaderos, que también, no esa sorpresa diaria que mi prima gallega y su dulce cocinero ponían en mi plato, que por supuesto añoro cada mediodía y cada cena… La nostalgia que siento de Galicia tiene forma de horario. El de abrir el restaurante a las 12 y luego salir a hacer un recado. El del aperitivo y vuelta rápida. El de la siesta mientras hacen la caja y coge las gafas de sol que nos vamos a la playa a seguir durmiendo. El del comedor vacío a las 9 de la noche y la esperanza de verlo lleno. El de después, suelo fregado y cafetera bostezando.
Mis días en Madrid, los cotidianos, ocurren ahora en paralelo a otra historia. Sé que pronto se impondrán nuevos horarios. Pero también que estamos hechos de recuerdos así.